Autor: Martín A. Fernández Ch.
Fecha: 30/01/2026
Navegando por las aguas del Mar Caribe, impulsados por la corriente marina que fluye desde la Ecuatorial del Sur, un grupo de viajeros llegó al archipiélago de Los Roques, un santuario donde los arrecifes albergan una biodiversidad deslumbrante.
Desde las alturas, Pelícano observaba la cadena de atolones bordeados de franjas coralinas y un lecho marino de arena blanca que resplandecía bajo aguas cristalinas. Al notar la presencia de numerosas familias de pelícanos, delfines y mantarrayas, los tres amigos se sintieron de inmediato como en casa.
- ¡No lo vayas a tocar, aléjate! -dijo Delfina
- ¿Por qué? Es muy lindo.
- Es un pez león, altamente venenoso. Un primo se atrevió a tocarlo con su hocico y lo pinchó, muriendo en segundos.
Asombrado, Mantarraya exclamó: «¡Guao, es sorprendente que una belleza sea tan peligrosa! Entonces merece un castigo». Delfina le explicó que su familia ya había buscado venganza dándole muerte a un ejemplar, pero en el proceso otros primos perecieron debido a que el pez se defendió. Ante la amenaza, el Pez León suplicó: «¡No me maten! No es mi intención hacerles daño. Dios me hizo así para protegerme del peligro, porque hay mucha maldad en esta vida»
Buscando una solución justa, Mantarraya propuso consultar la opinión de Pelícano, mientras Delfina le advertía al pececito: «No te vayas a mover, vamos a conversar si mereces un castigo».
Ambos subieron a la superficie y localizaron a Pelícano, quien charlaba en un bote con unos parientes lejanos. Delfina Guacamaya, desesperada, lo llamó insistentemente hasta que Pelícano, con calma, les preguntó qué sucedía. Mantarraya, secundado por Delfina, le explicó el encuentro y su intención de castigar al Pez León con la muerte por el daño que su especie había causado.
Sin embargo, Pelícano les advirtió que aquello sería un grave error por tres razones fundamentales: primero, aquel pez en particular no era el responsable del daño a la familia de Delfina; segundo, cualquier ataque previo fue probablemente en defensa propia; y tercero, que solo Dios tiene la última voluntad sobre los seres vivos, y nadie debe sentenciar a muerte a otro ser.
Conmovidos por estas palabras, los amigos reconocieron su error. «Tienes razón Pelícano en todo lo que nos indicaste. Que Dios nos perdone por tal atrevimiento», admitió Delfina, mientras Mantarraya agradecía los consejos que evitaron que se comportaran como criminales.
Al regresar al fondo del mar, encontraron al Pez León todavía allí, preparado para defenderse, pero esperando su sentencia. Delfina se adelantó para hablar: «Hola Pez León, hemos disertado sobre ti y nuestro amigo Pelícano nos hizo entender que no deberíamos juzgarte por lo que eres. Te pido perdón por haber sentido rabia y deseos de hacerte daño». Mantarraya también se disculpó, reconociendo que él era un hermoso pez que merecía vivir en paz.
Finalmente, los tres se quedaron compartiendo vivencias. Delfina y Mantarraya le relataron con entusiasmo sus aventuras y la sabiduría de Pelícano. Por su parte, el Pez León escuchaba con cierta envidia, confesando que su condición peligrosa lo hacía sentir solo y aburrido, ya que su vida estaba limitada a los arrecifes de coral de los que no podía alejarse sin correr peligro.
FIN





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